ROCKET: “TE BUSCA EL FBI”


Por Héctor Bencomo
El camino de Ismael “Rocket” Valdez a las Ligas Mayores fue vertiginoso, pero estuvo repleto de obstáculos: unos serios, otros dramáticos y al final también algunos divertidos por las bromas pesadas que le hicieron cuando subió al mejor beisbol del mundo.
A los 16 años, cuando se fue a la Academia de Pastejé, sus papás le dieron de plazo tres años para demostrar que podría ser pelotero profesional. En caso contrario, volvería a casa para continuar sus estudios.
“La educación siempre va a ser primero. Porque es la defensa de la vida, pero te vamos a dar la oportunidad de que en tres años llegues, pero en caso contrario ¿tenemos un acuerdo para que regreses a estudiar?”, le dijeron sus padres al joven Ismael.
El nativo de Ciudad Victoria partió hacia la Academia de Pastejé como jugador de los Industriales de Monterrey, pero cuando se graduó ya pertenecía a los Tigres del México.
Mike Brito lo firmó para los Dodgers, quienes lo mandaron al último nivel de sus categorías en Estados Unidos: la liga extendida.
Valdez recuerda que una vez cumplido ese primer compromiso con los angelinos, al año siguiente lo mandaron al mismo lugar, por lo que protestó y la respuesta fue un viaje a México con los Tigres.
Allí comenzó la pesadilla llamada Gerardo “Mulo” Gutiérrez, un manager de la vieja guardia que lo relegó a sólo dos entradas un tercio de labor en dos meses.
Obviamente llegó la desconfianza en su futuro y como “premio” lo mandan a Venezuela.
“Cuando llegué a Caracas (tenía 18 años) con mis dos maletitas, mi guante y mis spikes, lo primero que veo son los tanques de guerra”, recordó Valdez.
Eran los tiempos en que Hugo Chávez tomaba el gobierno del país sudamericano y a las tres semanas todos los equipos de Ligas Mayores reubicaron a sus peloteros en otras locaciones. Valdez terminó, para su fortuna, en República Dominicana.
Allí encontró a Helidoro Arias, un coach que le ayudó a recuperar la confianza, que le mejoró la mecánica y que fue como un segundo padre.
LOS TOMATEROS LO BATEAN
Llegó el invierno y se enteró por los periódicos que Tomateros de Culiacán, en la Liga Mexicana del Pacífico, lo habían seleccionado en el draft.
“Llamo por teléfono de disco y me contesta Jaime Blancarte”, dijo Valdez, quien estaba pidiendo una oportunidad para entrenar con ellos, ya que en la liga había otros jugadores de su generación que ya eran tomados en cuenta.
“Me colgó. Vuelvo a marcar y me volvió a colgar”.
Llama a la organización de los Dodgers y les pide ayuda para encontrar un equipo ese invierno. Le indican que lo van a mandar a la Liga Peninsular, pero hay un pequeño problema: el manager es Gerardo Gutiérrez.
Ni modo. A jugársela. A sus 19 años emprendió el viaje a Cancún.
“Después nos hicimos amigos”, comentó sobre Gutiérrez. “Fui a la Liga Peninsular y me fue muy bien. Era el tercer y último año (de la gracia que le habían dado sus padres).
A Valdez le fue bien, hizo excelentes números, pero no encontró una buena oportunidad en Estados Unidos y al año siguiente lo mandaron opcionado, de nueva cuenta, a los Tigres capitalinos.
“Encuentro de nuevo al manager y me dice: ´en esa liga ratona (Peninsular) cualquiera la puede matar. Aquí se separan los niños de los hombres´”.
Fue cuando resultó Novato del Año de la LMB con 16 victorias y eso le valió terminar en Doble “A” de Estados Unidos.
En el invierno recibió una llamada de Culiacán:
“Vente para acá, me dijo el señor Blancarte, yo le contesté que tenía 200 innings en mi brazo por primera vez en dos años, y no podía ir”.
Valdez agregó que lo amenazaron con congelarlo, con vetarlo si no reportaba, pero su convicción era firme y no reportó.
“Yo ni he firmado con ustedes… y que le cuelgo yo ahora” dijo Valdez con una sonrisa.
UN AÑO MÁS
Ese tercer año exitoso le compró un año más de gracia en la meta que le pusieron sus padres cuando se fue a Pastejé.
Fue al campo de entrenamiento de Triple “A” con los Dodgers y a pesar de que hizo un gran trabajo lo reasignaron a Doble “A”.
“Nuevamente viene la tristeza, la frustración. Ahí entran mamá y papá y me dicen: ´usted está hecho de buena madera… demuéstrelo´”.
Corría el año de 1994 y Valdez estaba en Albuquerque, la sucursal Triple “A” de los Dodgers. Esa noche se fueron a extrainnings y decidió ir a cenar con su compañero Rafael Bournigal, regresando al hotel un poco después de la hora marcada por el manager.
“A las siete de la mañana me estaba sonando el teléfono del cuarto para que me presentara a la oficina del manager, que era Rick Dempsey. Llego y me enseña unos boletos de avión”, recordó Valdez.
“Lo siento mucho, pero tus servicios ya no son requeridos en este equipo”, le dijo el manager.
A Valdez se le vino el mundo encima. Explicó lo que había pasado, argumentó que era un pelotero que cumplía con todo lo que le indicaban, que era puntual, trabajador y que le estaba yendo muy bien en la temporada.
“Con su cara seria, Dempsey me avienta los boletos y me dice: ´el equipo grande te está esperando en Chicago´. Así fue como llegué a grandes ligas”, manifestó “El Rocket” con orgullo.
Obviamente los primeros en saberlos son sus padres.
“Cuando les doy esa noticia es una emoción increíble”, recordó, ¿pero que seguía?
“Lo hice, llegué. Es el primer paso, ahora necesito mantenerme. Mi nueva meta que quería cumplir era de 10 años de servicio, que me cambiaran por bueno, no por maleta, que no me mandaran a ligas menores”.
En apenas cuatro años, el de Ciudad Victoria, Tamaulipas, no sólo había logrado se profesional del beisbol, estaba ya en las Ligas Mayores.
LA BROMA DEL CABALLO
Valdez viajó a Chicago para alcanzar a los Dodgers que iban a abrir serie ante los Cachorros de Chicago en la ciudad de los vientos.
Cuando se reportó con el encargado del clubhouse, Pete Sandoval, este le jugó una novatada que ya tenían planeada entre varios.
“Cada pelotero que llega a grandes ligas, para que le vaya bien, tiene que ir a la estatua de un caballo que está aquí en Chicago. Tienes que pintar la cola de color azul”, le dijo Sandoval a Valdez y le recomendó que lo hiciera a la medianoche, para que nadie lo viera.
Esa estatua es la del general Philip Sheridan. Cuando el tamaulipeco llegó al lugar indicado, vio que la cola del equino de bronce estaba pintada de rojo, porque el equipo que se marchaba de la ciudad eran los Rojos de Cincinnati. Ahora la meta era ponerla azul.
“Por supuesto que le pinté la cola, la pierna, el lomo, le pinté todo”, comentó Valdez con una carcajada.
Al día siguiente llegó al Wrigley Field bien temprano, se puso el uniforme y llegó Tom LaSorda, el manager de los Dodgers, con dos agentes del FBI.
“Muchacho”, le dijo, “pues no es la mejor de las bienvenidas, pero esta gente trae evidencia (dos cartuchos vhs en las manos) y me están diciendo que es un delito federal. Y quiero que nos digas si esto fue lo que pasó”.
Valdez se puso de todos colores y hasta olvidó las pocas palabras que sabía en el idioma de Shakespeare.
“Se me olvidó el inglés. No sabía ni que decir. A un lado estaba Henry Rodríguez y le pedí en español que les dijera que yo no fui, que me están confundiendo”.
Vinieron las sonrisas y todo quedó en una broma pesada para el novato del equipo. Sin embargo, ese acto se transformó en 12 años de 104 victorias en el mejor beisbol del mundo.
Valdez tiene el cuarto lugar entre los mexicanos con más triunfos en la MLB. Primero está Fernando Valenzuela con 173, luego Esteban Loaiza con 126, Yovani Gallardo 121 y Jorge de la Rosa, empatado, con Valdez, con 104.

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